Diego Trerotola: “En Boedo vive la tensión entre lo barrial y lo cosmopolita”
Es dibujante, periodista, programador de cine, agitador cultural y ama el barrio y sus bares. Cita al poeta Nicolás Olivari para definir su esquina favorita: Boedo y Estados Unidos, el Fin del Mundo.
Diego Trentola dibuja y publica fanzines, organiza eventos culturales, es periodista, programa ciclos de cine. También se define como queer, gordo, coleccionista de figuritas, ex mago, fanático de los Ramones, conocedor de la cultura pop. Pero ahora Diego luce la remera de habitúe y con un “lo de siempre” se hace entender ante la moza del bar Margot. Diego se aclimató a la esquina de Boedo y San Ignacio a fuerza de horas de trabajo. Textos periodísticos, entrevistas, organizar fechas culturales. Lo suyo está en esas mesas, en respirar el aire “ecléctico” del barrio. “Acá exponen artistas contemporáneos y a la vez hay afiches publicitarios de cien años atrás”, hace notar. Ese ida y vuelta, esa “tensión” entre lo barrial y lo cosmopolita, el ayer y el hoy, entre dos mundos que se equilibran, es lo que le fascina de Boedo.
Hay mucho de ese espíritu ecléctico en el trabajo de Diego. A él lo catapultan las “hormigas en el culo”, como bromea mientras en una sola maniobra ninja toma café, unta tostadas, contesta mails, hojea el diario. A la par de sus textos publicados en el suplemento SOY de Página 12, algunos de sus hitos han sido programar el Festival Internacional de cine LGBTIQ Asterisco y el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, donde también edita el diario del evento. En 2015 fue jurado en el Festival de Cine de Berlín. Proyecciones en centros culturales las cuenta de a montones. Ahora Diego hace foco en la historieta. Y su forma de “hacer foco” implica organizar actividades culturales.
Así nació Tinta Queer, encuentro que mechó historieta e identidad sexual crítica. La última semana de diciembre en tres sedes (Cosmocosa del centro, Moebius de Almagro y Casa Brandon de Villa Crespo) hubo performances, música en vivo y una exposición de ilustraciones con más de cincuenta lápices de primer nivel. Este año saldrá un libro que recopile lo vivido en Tinta Queer y Diego espera que el festival tenga dos ediciones.
Trerotola es apasionado de viajar. Estuvo en Nueva York para buscar el legado de los Ramones. También participa en eventos de historieta dentro del país como la Crack Bang Boom (Rosario). “Ahí conocí a unos dibujantes de Perú y Bolivia que están todo el año en eventos por todo el mundo. Una vida así quiero”, bromea. Diego también tiene sus kilómetros de arte. Al regreso, siempre lo espera el Boedo de sus amores. Como en el tango.
La vidriera del barrio
Los sentimientos de Diego por el barrio mechan con su infancia: “Fui criado en barrios al sur, por eso me atrae el espíritu de Boedo”. Nació en Barracas y pasó parte de su adolescencia en Lanús. Más tarde llegó a Boedo y San Ignacio. Vivió en un caserón antiguo de tres pisos por escalera. Ahí empezó a frecuentar Margot. Ahora Diego reside en un departamento de Colombres y San Juan. La rutina sigue intacta. El desayuno, escribir, leer los diarios, ver la vida por la ventana.
“Acá está todavía ese espíritu de que el bar es un lugar de encuentro barrial, no solo la costumbre porteña de salir a tomar café, si no el bar como una vidriera del barrio”, explica. “De casualidad me sentaba, al lado de la ventana, en la Mesa de los Soñadores, ahí nacieron muchos proyectos (hay una chapa labrada que los enuncia). Esa coincidencia me parecía muy boedista”, celebra.
“Un reaccionario de Boedo”
“Hay algo de tensión entre la modernización y conservación histórica del barrio. Es una tensión interesante”, rescata Diego como línea de acción que define a Boedo. “Hay algo ecléctico. Está la cosa modernizadora y los vestigios del Boedo antiguo”, reafirma y pone de ejemplo a la avenida: “Tenés el Cine Cuyo que aunque sea una iglesia evangélica, su frente está conservado, hay edificios modernos y casas antiguas, hay placas que recuerdan a vecinos ilustres, hay memoria y futuro”.
Esta “tensión”, quiere Diego entre bromas que dure por siempre: “Me volví, muy a mi pesar, un “reaccionario de Boedo”, no quiere que nada cambie, quiero que siga todo como es, hasta con conservadurismo barrial”.
En este sentido, una pérdida reciente que lamenta es la del bar Florida (el nombre era “una afrenta genial pensando en la dicotomía de los grupos Boedo-Florida”), en Boedo, casi Humberto I. “Tenía un clima muy especial. Me gustaba pasar y mirar a la fauna, en el mejor sentido. Era un bar de dandis de otra época. De gente de más de cincuenta años”.
“Era un bar como detenido en el tiempo, no muerto si no moderno como hace cuarenta años atrás. Ahora hay una cadena de pizzería. Me puso muy mal. Era un lugar único, tenía personalidad, tenía algo único. La gente que se juntaba ahí no la veía en otro lado. Los veías los días de partido. Al lado hay agencia de quiniela donde veían el turf. Había una circulación que era genial y desapareció”, agrega.
Misterios y curiosidades
Diego siempre está en los detalles, en el lado B, en encontrar algo nuevo para decir sobre temas harto conocidos. Lo hace en ciclos de cine, en los textos que produce, en el Boedo que nos cuenta.
“Soy fanático de las peluquerías del barrio”, introduce para sorprender. “No ubico cuál es el fenómeno. Debe ser por cuestión de economía. Hay muchas peluquerías. Vi más de dos por cuadra. No conozco un lugar en buenos aires que sea así”, se interroga y no descarta escribir en algún momento sobre el tema.
La casa espiritista del pasaje San Ignacio 3666 también lo desvela: “Paso y no hay nadie, pero tiene la fachada conservada, no está venido a menos. Está todo impecable. Es una casa que no es antigua necesariamente. Me da misterio. Hay un Boedo espiritista que no conozco. Es como un muro. Nunca pude detectar vida ahí. Tal vez la habitan espíritus. Pero no pude saber. Es uno de mis lugares preferidos”.
Para cerrar, Diego nos cuenta cuál y por qué elije como su favorita a la esquina de Boedo y Estados Unidos: “Nicolás Olivari, que era bien de Boedo, hizo un poema sobre el cruce de Estados Unidos (antes se llamaba Europa) y Boedo, le decía el Fin del Mundo. El tango Sur también dice “Boedo y más allá la inundación”. Esto era la periferia, en un tiempo donde los caminos no eran sencillos. Boedo es la puerta del sur, me gusta jugar con ese concepto”.

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